7 veces “fútbol”
Soy José Manuel Bustamante Castro, tengo 19 años, pertenezco al género masculino y no juego fútbol.
Me bautizaron así, en honor al abuelo de mi padre José Bustamante y al de mi madre, Manuel Castro. Por alguna razón inexplicable, durante toda mi etapa escolar, fui “Manuel Bustamante” para todos mis amigos.
Nací y crecí rodeado de mujeres. Mi padre se embarcaba durante meses, como ingeniero, rumbo a cada puerto, de cada bahía del globo y automáticamente yo era investido como “el hombre de la casa”. El hombre que debía obedecer a los mandatos y ceñirse a los códigos de su madre, su tía, sus dos hermanas y la nana de paso (les tenía tanto cariño que ninguna de las más de 10 que pasaron por nuestra casa, superó el año).
Como es de suponerse, no me gusta el fútbol. De hecho, me vine a enterar de su existencia cuando entré a Kínder en el Colegio Cristiano de Quilpue. Durante aquel único año chuté más balones que en todo el resto de las etapas de mi vida. Cada recreo se organizaba un partido, sin arcos, sobre la tierra y con cualquier objeto capaz de rodar por superficies irregulares y resistir golpes de 20 pequeños pies de kinder. Sin arcos definidos; sin haber visto nunca antes un partido por televisión y enfrentado a un caos de polvo, gritos y golpes, entendí el fútbol como ese juego en el cual, quien más patea un balón hacia cualquier pared del patio, más diestro es en el asunto. Lamentable que mis compañeros no fueron especialmente pedagógicos en explicarme que cada pelotazo a las paredes laterales era sinónimo de sacar el balón de la cancha y, por ende, hacer perder al equipo.
A pesar de mi pésimo debut en las actividades físicas, ingresando a primero básico decidí darle una nueva oportunidad al balón y tratar de satisfacer las expectativas de cualquier padre: ingresé a la escuela de fútbol de mi colegio, el colegio Los Reyes; institución auto-catalogada como Deportiva (con mayúscula), académica y cultural. Un colegio cuyo sostenedor es un ex jugador del Everton y su Director Deportivo es Elías Figueroa: ¡en algo tendría que cambiar mi suerte!
Un año calentando la banca en cada enfrentamiento me obligó a aceptarlo: no soy bueno, no me gusta, no me interesa. Lo siento camiseta del “Santiago Wander” recién comprada por mi padre; el fútbol no era para mí. Es más, el deporte no se llevaba conmigo.
Fue en ese momento en que abrí los ojos y comprendí que cuando todos mis pares estaban jugando en la plaza, con sus padres, hermanos o tíos, a la pelota, yo no lo hacía. Por el contrario; yo me encontraba en la seguridad y comodidad de mi casa, echado junto a la chimenea, armando historias con argumentos intrincadísimos acerca de grandes aventuras, guerras y expediciones, con mis soldados.
Tiempo después, era probable que todos ellos habían armado equipos en el barrio, para montar verdaderos campeonatos y yo me encontraba sentado en un sillón leyendo. Luego, ya me había apoderado de los cuadernillos de hojas para filtro de cigarro que mi madre traía de su trabajo en la Litografía Moderna, en Valparaíso, y todos los fines de semanas, los llenaba con cuentos nuevos. Finalmente, ese fue el periodo de mi vida que me sumergió en el gusto por la lectura y la escritura.
Eso me llevó a lo que soy ahora.
Deseo, algún día, escribir una novela, que no se tratará de fútbol. Por ahora estudio periodismo, redacto bastante, leo aún más y trato de hacer actividades físicas de forma regular. No, entre ellas no está incluido el fútbol.

